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Hay que hacer algo

Enrique González Torres, S.J.
03 de Febrero de 2015

Cierto día tuvo que pasar por uno de esos barrios donde los perros y las gallinas comparten habitación y cama con los hijos de Dios, un chiquillo gris se le acercó y le tiró de la impecable raya del pantalón: “joven, deme un quinto pa´ completar pa´un helado”.

Aquel jalón caló muy adentro, en su alma, y durante ocho días regresó a ese barrio, visitó familias y compartió con ellos las tortillas y los frijoles sentado sobre un huacal vacío.

“Es necesario hacer algo por estos hombres” –se dijo-. “Yo no puedo seguir viviendo como antes. Traeré mi dinero, traeré mi energía y la daré por ellos”.

La vida durante esos días le parecía algo muy grande. Creía haber encontrado una razón inmensa para vivirla y se sentía feliz. Unas semanas después la empleada que trabajaba en su casa, escondiendo los ojos en las arrugas de un delantal que apretaba entre sus manos, le pidió que fuera a visitar a un cuñado suyo que se había roto un brazo. Otro barrio, ahora más miserable que el primero. Y otra vez el grito interno de un alma receptiva: “hay que hacer algo por estos hijos de Dios, no lo puedo dejar así”.

Esa noche no quiso cenar; tenía que encontrar urgentemente una solución. Sin duda habría no cientos, sino miles de barrios como éstos. Quizás podría dedicarse a formar muchachos generosos que con él entregaran su vida a estos hermanos suyos, a quienes ya empezaba a amar sin conocerlos… Podría ser profesor de una universidad o quizá , si se preparaba bien, podría alcanzar un alto puesto en el gobierno… Pero el apremio crecía en el ritmo vertiginoso del pensamiento y derrumbaba todas las soluciones.

Le parecía poco, allí en su imaginación, salvar todos los barrios pobres cuando quedaban tantos ricos que sufren y piden ansiosamente un tronco de salvación, aunque ese tronco sea el de una cruz. Conocía bien a tal pariente y a tal otro y al de más allá: todos pidiendo a gritos un padre un amigo que los ayudara. Y luego, los artistas del circo que visitaban la ciudad: los enanos, los payasos, los hombres fenómenos también tienen alma, también sufren y aspiran a una salvación. No podía despreocuparse de ellos. Y los empleados de la fábrica de su tío y de todas las fábricas. Y las mujeres del mercado y los ancianos, los niños, los campesinos… Pensaba y volvía a pensar; soñaba, se despertaba. Tengo que salvarlos a todos.

Al fin llegó el día, más vital que de costumbre. Había dormido sólo unas horas, las suficientes para oír las carcajadas de hombres que se consumían entre cadenas y dolores, y ver niños enfermos y mugrosos que lloraban, mujeres peleándose por un trozo de pan.

“Tengo que hacer algo por esos hermanos míos, por esos hijos de Dios. No puedo vivir sólo para mí”.

Allí, empezó una vida.