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El cuento de la soledad

Beatríz Graf
(30 de Marzo 2015)

Una tarde de otoño nos encontrábamos en su grupo cuando surgieron los comentarios. La verdad es que yo ni cuenta me di de cómo empezó el asunto porque andaba solazada en un rincón. Hablaban de mí.

Alguien me definió: “Es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía; es el pesar y la melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o algo”, y aclaró que esa definición la encontró en el diccionario de la Real Academia Española. Inmediatamente surgieron las desavenencias, diferencias, acuerdos y desacuerdos:

-Es una reclusión, una incomunicación, un encierro.
-Sí, pero éstos pueden ser voluntarios.
-Claro, no necesariamente es dolorosa la soledad.
-Para mí es esa amiga imaginaria que me ha acompañado en mis momentos de encanto, amor y destino. Es la que me ha ayudado a encontrarme conmigo misma.
-¡Cómo pueden decir esto! Yo le temo, yo la rehuyo, me da miedo. ¿Cómo pueden llamarla su mejor amiga?!

Nadie puso atención a estas palabras. Prosiguieron:

-Vean lo que me pasa a mí: Voy manejando, conozco el camino, decido apagar el radio pues quiero estar sola. Mi mente comienza a conducir el pensamiento, a razonar, me escucho, me contesto, soluciono, me cuestiono, me enojo y contento. Después de no sé cuánto tiempo mi mente vuelve a la realidad. ¿Cuántos semáforos pase? ¿Quién me rebasó? ¿Cómo llegue? Estas preguntas no tienen respuesta, pero la soledad que me acompañó en el trayecto me contestó a mil dudas más importantes.
- Sin embargo, qué triste es la soledad de estar acompañado, qué triste es la compañía que no da soledad.
-Me encanta estar sola, con el silencio profundo que desde el alma aleja la soledad.
El humo de algunos cigarros ascendía en espirales, se mezclaba con el aire, como la vida en los sueños.
-En estricto sentido literario, significa ausencia: sin embargo, yo creo que somos y existimos en dualidad, algo así como lo femenino y lo masculino que cada uno posee. La soledad es parte de nuestra creencia. Nacemos, morimos y hasta vivimos solos. Es cierto que el amor sostiene, nutre, alimenta, mas, al caminar descubrimos, apreciamos, gozamos y sufrimos la dualidad de la soledad. Es un espacio personal infranqueable, puede llegar a ser un encuentro con uno mismo.
-Sentirse solo duele aquí, en medio del cuerpo, entre las costillas, arriba del estómago. Mis tripas se rasgan y lloran hilos de agua con sal que arde y va lacerando despacito por toda la pared intestinal. Se combina con lágrimas que lloran a mares y un olor a humedad llena todo el corazón.
-… bien puedo seguir solo. En estos días busco aislarme, estar a solas con la mujer que ya no me acompaña. Busco la soledad para recordar sus palabras, sentir sus caricias, imaginar sus facciones y volver a pintarla. Así no estoy solo, estoy con ella.

En todos los labios había palabras…inspiración en cada mente; aquel grupo imbuido en pensamientos se unía en torno a mí, me llamaba con el devaneo agrietado en alas del recuerdo.
-Leí en alguna parte la distinción entre desolación y soledad: la desolación es sentirse solo, es el aislamiento con desesperación, tristeza y separación de todo y todos; es la ausencia del otro que causa la sensación de vació interno y depresión, la usencia que desencadena sufrimiento. En cambio, estar en soledad implica madurez, toca a los hombres o a las mujeres libres que no dependen de nada ni de nadie y que se encuentran en armonía con lo que los rodea. La soledad es la presencia de uno mismo, un estado de plenitud capaz de llenarlo todo.

No se oían unos a otros. Se escuchaban a sí mismos. Sus voces eran ecos integrados a sus propios deseos. Me tocaba actuar, serles fiel, quedarme junto a cada quien. Me paré frente a cada uno, los conminé a recostar la cabeza en mi hombro como si se tratara del hombro de la Luna.

Alguien, en esa postura, me habló:

-Qué más quisiera que poder salir contigo… qué más quisiera que poder dormir contigo… qué más quisiera que viajar contigo, ir a donde nos plazca… y volver en un abrazo inmenso y largo…

Otra me dijo:

-A ratos te visito, a ratos me visitas. Nos conocemos, nos respetamos, nos necesitamos… y a veces nos odiamos ¿Y eso no es al fin de cuentas la amistad?

Me cayó en gracia quien me confesó:

-Te temo tanto que mejor me hago tu amiga. Te necesito tanto a veces… No te preocupes, mejor yo te busco, no quiero que seas tú quien me encuentre.

Esa tarde de otoño me sentí acompañada, vi que no estaba sola.