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Los miserables: la evolución de la conciencia ética

Eduardo Garza
29 de Mayo de 2014

Mientras el científico busca, el artista encuentra. La descripción académica de un fenómeno suele estar precedida, en ocasiones siglos atrás, por la intuición de novelistas, pintores o poetas. Así, la tragedia griega inspira a Freud, como la poesía amorosa precede necesariamente al yo-tú de Buber y el concepto psicológico de sombra es impensable sin la fascinación de Jung por el misterio y el sentido paradójico de los textos místicos orientales.

La institución precede al discurso, pero también se nutre del mismo y nos recuerda que el aprendizaje es un proceso circular en el que la teoría tiene la vocación de dialogar con la existencia escuchándola en un momento, para iluminarla en el siguiente. Cuando el proceso se rompe de ida, nuestro discurso pierde sentido existencial y levita gradualmente a la abstracción; cuando se rompe de regreso, le resulta imposible superar el anecdotario.

Haciendo de esto una propuesta metodológica, en este artículo intentaré mostrar la evolución de nuestra conciencia ética al leer Los miserables de Víctor Hugo desde la visión conceptual de Lawrence Kohlberg, quien distingue a seis fases en este proceso.

Uno: ética del premio y el castigo

Este apasionante ejercicio hermenéutico nos permite reconocer, al inicio de la novela, la vida de Jean Valjean regida por el primero de los niveles éticos de Kohlberg. Valjean obtiene su libertad condicional después de cumplir una condena de diecinueve años de trabajos forzados y, al sentirse por primera ocasión libre de la supervisión inmediata de una autoridad, roba la platería de su primer anfitrión. Y es que, en la ética del premio y el castigo, el actor moral es externo. En la autoridad que fija premios y castigos recae el mérito de los actos, pero, sobre todo, la responsabilidad de los mismos. La ausencia de autoridad es ausencia de ética, y por ello, el juego de huir y esconderse en válido.

Jean Valjean lleva este juego al grado superlativo de la impostura: rompe el pasaporte que, de acuerdo con las leyes de la época, debía portar y visar en cada ciudad de la ruta que la ley le había signado: rompe con él su identidad y su pasado; decide cambiar de ruta y de nombre; huye y se convierte, después de años de esfuerzo, en un empresario próspero y en alcalde de su ciudad: Monsieur Madeleine.

Antes, la inesperada respuesta del anfitrión ultrajado, aunque incomprensible para la razón de Valjean, se transforma para él en fuente de inspiración moral: el obispo Charles Myriel, un hombre converso que ha encontrado luz y consuelo en su vejez, no sólo no condena a Valjean cuando éste es apresado por haber robado su platería, tampoco se limita a negar lo ocurrido para liberarlo: también cede a Valjean sus candelabros y hace votos para poder, con este símbolo, transformar su alma. El recuerdo de este acto será para Jean Valjean un símbolo imprescindible del ascenso moral continuo que es su propia historia.

Dos: ética de la conveniencia

La segunda fase del proceso de desarrollo de nuestra conciencia ética puede entenderse como una invasión de la ley de la oferta y la demanda en nuestros criterios de actuación y decisión. Quien se ubica en este nivel, juzga como ético aquello que le reporta más beneficios que pérdidas y como inmoral aquello que no inclina a su favor la balanza de la relación costo-beneficio.

Víctor Hugo es especialmente agudo e intenso al describir los criterios de este segundo nivel al proponer en los Thénardier a personajes identificados plena y definitivamente con su ética.

Los Thénardier se mantienen en un mismo nivel ético durante toda la obra; además, a diferencia de Valjean, cumplen cabalmente con los códigos morales de la época. El padre es un patriota que ha defendido Francia con las armas, viven en familia y realizan conductas típicamente caritativas, como auxiliar a Fantine, una madre soltera en apuros, cuidando de Cosette, su única hija.

En la medida en que la obra avanza, el autor desenmascara los mecanismos de sus personajes y demuestra que detrás de una apariencia benévola sólo rige el criterio de la conveniencia. Los Thénardier son fríos, calculadores; cobran cada vez más a Fantine por la manutención de su hija, a quien maltratan explotan, la convierten en sirviente de su familia e intentan venderla. Intercambian convicciones y favores. Todo es negociable para ellos: no hay pacto indigno.

Tres: ética de la filiación.

La ética de la filiación puede entenderse como una versión adolescente de la moral: todo acto es válido por un grupo que dicta criterio sobre el mismo. El grupo premia con identidad y pertenencia determinadas conductas, y castiga otras con expulsión o degradación. Este nivel constituye un avance con respecto al interior dado que, a diferencia de éste, lleva implícito un principio- aunque incipiente- de solidaridad y de altruismo. La renuncia a las propias necesidades es válida, pero se realiza sólo en función del grupo inmediato de referencia.

A diferencia de Víctor Hugo, sus personajes adolescentes, que impulsan la causa republicana para un mundo que aún la desconoce, no son políticos, ni humanistas, mucho menos intelectuales: en la unión de grupo encuentran la fuerza para propugnar por dichos ideales, incluso heroicamente.

Los grupos de referencia significan para ellos lo que han significado para nosotros: una fuente imprescindible de identidad, atributo que no suele ser gratuito, que normalmente tiene un alto precio en términos de autoconcepto. Cuando la aceptación es condicionada no podemos permitirnos desacatar la expectativa de los grupos que nos abrigan con membresía. Desestimar sus exigencias sería el equivalente psicológico de no ser nadie. Entonces, por ejemplo, no podemos permitirnos no ser buenos, alegres, ordenados, relajientos o esforzados, pero dejamos nuestra cuota de maldad, melancolía, desorden, timidez y flojera en esa trastienda de nuestra personalidad que Jung tuvo el tino de llamar sombra.

Quien no incorpora su sombra a su ego con todas las aparentes contradicciones que esto supone – reconocer, por ejemplo, que es a la vez tímido y extrovertido, bueno y malo, laborioso y abúlico- frena necesariamente su desarrollo psicoevolutivo. En el caso que nos ocupa, que es el de la ética, la postura junguiana afirmaría que mientras el esfuerzo por ocultar la incomodidad de la sombra genera una tensión que conduce a la perversidad, dar la cara a los demonios, incongruencias y pecados de los que también estamos hechos, es una paradójica condición para el auténtico desarrollo moral.

Cuatro: ética de la legalidad.

Quien participa del cuarto nivel de desarrollo de la conciencia ética logra trascender las demandas adolescentes de los grupos de pertenencia para encontrar en la ley una norma suprema de decisión y de comportamiento; para él no ha ley inmoral ni moralidad fuera de la ley. Todo dilema ético se resuelve jurídicamente.

Por eso, el personaje paradigmático de este nivel es un gran sabueso de la ley, un hombre cuya existencia cobra sentido en la medida en que la legalidad se cumple: el inspector Javert, personaje de gran consistencia que habían custodiado a Jean Valjean en prisión y que, sabiendo que éste ha roto su libertad condicional, dedica su vida a seguir sus huellas para hacerlo cumplir la pena que le corresponde, que es la cadena perpetua.

Para Javert existen dos tipos de hombres: los que están (o deben estar) en la cárcel y quienes deben garantizarlo. Su instinto de investigador lo lleva a convertirse en el jefe de la policía de Motreuil-sur-Mer, la pequeña ciudad de la que Valjean, bajo la impostura de Madeleine, es alcalde. Los encuentros que allí ocurren entre ambos personajes son de enorme profundidad y gran fuerza dramática. Uno de ellos tiene además un peso iconográfico importante en la obra: un hombre queda atrapado por su propia carreta, Monsieur Madeleine corre en su auxilio y salva su vida mostrando una fuerza física impresionante. Javert, que sólo ha visto a una persona con tal vigor, reconoce en Madeleine la fuerza de Valjean, pero es incapaz de reconocer la fortaleza espiritual de la que da testimonio.

En otro de los encuentros entre ambos personajes es posible apreciar la enorme consistencia de Javert en este cuarto nivel ético. El inspector, atendiendo a su gran intuición jurídica, había denunciado en la comisaría de París la impostura de su jefe, pero llega a sus oídos que un tal Carnot, que había sido apresado por robar manzanas, es reconocido por los prisioneros de Toulon con Valjean. Esta falsa acusación, que lleva a Carnot a un nuevo juicio, echa en tierra la hipótesis de Javert y lo convierte en calumniador. La congruencia de Javert, hombre de ley, lo lleva entonces a solicitar al alcalde Madeleine tanto su propio despido, como ser denunciado por difamación. Así, al pedir que el peso de la ley caiga también sobre sí mismo, Javert muestra haber superado por mucho la discrecionalidad de la ética de la conveniencia, propia del segundo nivel de Kohlberg.

Valjean persona a Javert pero queda profundamente angustiado y conmovido por un nuevo dilema ético, el más profundo que la vida le haya presentado hasta entonces: callar significa para él una oportunidad, supondría coronar su impostura, hacer de ella una verdad jurídica y alcanzar con ello la tranquilidad por la que ha luchado tantos años; supone, sin embargo, abandonar a un inocente a la esclavitud de la cadena perpetua. Aclarar la confusión por su parte le implicaría desamparar a cientos de trabajadores y traicionar la vida por la que ha luchado tanto tiempo, pero le permitiría mirarse con mayor dignidad frente al espejo de su conciencia. Víctor Hugo retrata magistralmente allí la angustia de la elección, ésa que para la condición humana es ineludible. Esa noche Valjean no duerme, sufre de fiebre y de un desgarrador diálogo interno que lo atormenta en lo más profundo de su ser: “si hablo, estoy condenado; si callo, estoy maldito”.

Este es el punto en que Valjean es atrapado violentamente por su conciencia y por una historia personal con la que, finalmente, no se ha reconciliado en forma plena. Su doloroso dilema nos hace caer en la cuenta de que el juego de huir y esconderse tiene fecha de caducidad, de que toda impostura nos atrapa y de que Javert, además de ser un excelente policía es la conciencia personificada que el propio Valjean tiene de su pasado.

Valjean resuelve desenmascararse, salva al hombre que ha sido confundido e injustamente incriminado y con ello paga el precio de su impostura: redime su pasado y trasciende la ética de la filiación en la que de alguna manera se encontraba en Motreuil-sur-Mer. All mismo tiempo, da testimonio de la vocación humana de acceder a criterios éticos superiores a la ley. No sólo llega al cuarto nivel de Kohlberg, sino que lo trasciende.

Cinco: autonomía ética.

La decisión de Valjean de desenmascararse y confesar en pleno juicio genera nuevos encuentros con Javert, igualmente llenos de significado y dramatismo.

Uno de ellos ocurre en el lecho de muerte de Fantine, cuya vida había caído gradualmente en desgracia. Fantine, que inicialmente había conseguido trabajo en la empresa de Valjean, fue despedida al ser descubierta su condición de madre soltera. Después, con el fin de hacer frente a las necesidades de su hija y a la extorsión de los Thénardier, había accedido a vender su cabello y sus dientes. Más tarde se había prostituido y había enfermado de gravedad. Cuando Valjean conoce su desgracia y se reconoce corresponsable de la misma, acoge a Fantine en su casa y le promete hacerse cargo de Cosette. Javert presencia este encuentro, pero éste tampoco es un gesto audible para los oídos de la ética legal. La confesión de Valjean ante la corte había significado para Javert sólo la confirmación de una intuición añeja que le abre el camino para aprehender al fugitivo recién descubierto. Cuando está a punto de lograrlo, Fantine muere. Entonces, habiendo liberado a Carnot, Valjean encuentra más valor en cumplir su promesa y su vocación de tutor que en soportar estoicamente la cárcel, por eso escapa nuevamente a Javert.

Esta ética autónoma, que ya no depende de la autoridad, la conveniencia, la filiación ni la ley, constituye el quinto escalón de la evolución de nuestra conciencia moral.

Mientras la ética legalista es necesariamente conductual, la ética autónoma obedece a la conciencia. La ley no puede sancionar sino lo empíricamente verificable, mientras que la ética autónoma tiene un carácter necesariamente interno; escapa a todo código, no puede ser violentada ni exigida. En la lógica legal, la ignorancia no excusa de infracción alguna, mientras que en la ética autónoma, quien genuinamente ignora, no es sujeto de culpa como no lo es de mérito; quien se confiesa culpable es sentenciado por la leu, pero redimido éticamente cuando media el arrepentimiento.

La responsabilidad por nuestros actos es un peso que no siempre estamos dispuestos a cargar, pero constituye la clave fundamental de acceso a este quinto nivel. Sólo quien está dispuesto a pagar este precio tiene el privilegio de comprobar lo difícil que es ganarle en generosidad a la existencia: que la vida siempre está dispuesta a devolver libertad, gozo y paz a quienes la asumen plenamente.

Seis: universalidad e innovación moral

Para reconocer al último escalón del desarrollo ético en su especificidad, es necesario recurrir a quienes con su vida dan testimonio de él.

Chinchachoma, por ejemplo, ése gran loco de Dios que hasta hace algún tiempo y por años caminó las calles de la ciudad de México, alguna vez, después de haber denunciado públicamente la muerte por tortura de un niño de la calle a manos de la policía capitalina, y cuando el entonces jefe de la policía intentó callarlo y amedrentarlo en un acto público, no sólo tuvo la fuerza para dar la cara a la autoridad y mantener su palabra (lo cual ponía en riesgo su vida), sino que después de hacerlo fue a su casa para ofrecer la misa por el verdugo del niño y por quien habían intentado amedrentarlo.

Quien transita el sexto nivel da testimonio de la universalidad de los valores. Si hay dignidad en la víctima, la hay también en el victimario, aunque no lo sepa. Si los valores son evidentes en sus amigos, pueden reconocerse también en sus enemigos. Si hay derechos en el pequeño infractor, también los hay en el verdugo y en el represor, que en el fondo son víctimas de los mismos temores aunque la vida les haya regalado un uniforme policiaco con todo y su macana.

La no-violencia de Gandhi supone aceptar en forma voluntaria la sentencia de una ley injusta para romper la injusticia desde sus entrañas y transformar al verdugo con un testimonio de amor; consiste, como la comunión cristiana, en convertirse en alimento del otro para transformarlo desde adentro.

A lo largo de su vida, Jesús sólo pide a sus discípulos que hagan oración por sus enemigos y muere asesinado, orando por sus victimarios.

Éstos y otros muchos testimonios dan cuenta de al menos dos características que mi juicio habría que añadir explícitamente al sexto nivel de Kohlberg.

Muestran, en primer lugar, que los valores, aun siendo transubjetivos y universales, constituyen un mundo en el que cabe hacer descubrimientos y realizar innovaciones. Así como en el ámbito operístico el canto es otro después de Caruso (antes de él no hay un solo cantante que nos recuerde a Caruso; después, no hay uno sólo que no nos lo recuerde), también en el terreno ético los que han transitado el sexto nivel han legado el hallazgo de un valor nuevo o una nueva interpretación del mismo para la humanidad.

No es posible pensar la no-violencia sin pensar en Gandhi, así como el amor es otro después de la interpretación del Nazareno, y la dignidad del niño de la calle es una y otra desde que Chinchachoma bendijo con su paso la ciudad de México. Otro tanto pudiera decirse de Elizabeth Kübler-Ross, Jacques Fesh, Edith Stein, Teresa de Calculta, Miguel Mansur o Thomas Merton por citar algunos contemporáneos.

Finalmente, es importante reconocer que, aunque no todos fueron martirizados, todos antepusieron su propuesta a su propia vida. Quien alcanza el sexto nivel intuye que la prolongación de la vida biológica es un ideal pobre de existencia (una apuesta perdida de antemano) y se abandona a su proyecto en forma heroica. La entrega de la vida a aquello que la dignifica y le da sentido es también un rasgo del nivel seis.

El propio Jean Valjean, al final de su vida, da testimonio de este nivel de desarrollo. La revuelta social impulsada por los jóvenes había crecido y lo había puesto otra vez cara a cara con Javert, aunque en condiciones muy diferentes. Los jóvenes habían hecho prisionero al inspector y habían decidido matarlo. Pero cuando dejan a Javert a merced de Valjean, éste decide indultarlo y le permite escapar. Valjean es capaz de reconocer en su propio verdugo la dignidad del ser persona y el carácter sagrado de la vida.

El hallazgo del artista

A diferencia de Valjean, Javert es un personaje de un solo nivel. No sólo no puede comprender su propio indulto, tampoco puede soportarlo. Por eso su historia termina trágicamente. Ante la fuerza de un testimonio que – al igual que en la carreta, en el perdón y en el lecho de muerte de Fantine – le muestra que la existencia se puede asumir de una manera diferente, Javert se declara derrotado. Se niega una vez más a acceder a la invitación de asenso que la vida le propone, pierde el sentido de su vida y se suicida.

Mientras el mártir, sin miedo a la muerte, se entrega por amor a la vida, el suicida se entrega a la muerte, por miedo a la vida.

Leer el final de Javert desde el testimonio de vida de Valjean permite reconocer la tesis moral de Víctor Hugo: la condición de miserable no es definida por la mala fortuna sino por la incapacidad de atender las invitaciones que la existencia nos ofrece para ascender éticamente. LA miseria social y física denunciada por Víctor Hugo no es nada frente a la miseria moral que logra desentrañar. Por eso, al final de la historia Fantine es descubierta en el cielo por un Valjean que muere en paz, invitando a Cosette a la vida intensa.

De alguna manera estos personajes nos habitan. En nuestra sombra se proyectan misteriosamente Javert y los Thénardier, como lo hacen Fantine, Myriel, Valjean y la pequeña Cosette. Es el valor de descubrirlos en nosotros lo que puede hacernos sensibles a la más profunda dimensión moral, es ese diálogo con nuestros propios fantasmas lo que nos permite descubrir el regalo fundamental que nos da la existencia que es el de escuchar, renunciar, elegir y crecer.