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El burnout como expresión de la sombra personal

Jesús Díaz Ibañez
2010

Yo no me considero un experto en estas cuestiones, pero he decidido ir a todas por la vida, trátese de conferencia, curso, borrachera, día de campo, cumpleaños, pachanga, asado y hasta encuentros de esta naturaleza. Menos a velorios, simplemente porque no sé qué decir.

Yo me considero a mí mismo sólo un artesano del desarrollo humano y organizacional. Desde ahí he acompañado a las personas y a las empresas, con mente y corazón abiertos, y he sido testigo, los últimos cuarenta años de mi vida, del dolor, a veces sin sentido, que padecen miles de personas ante las pérdidas de los seres queridos, los abandonos del amante o las despedidas del trabajo, de la pérdida de la salud, de su proyecto de vida; las presiones ante los resultados y las cargas de trabajo irracionales, los malos tratos y el abuso emocional de su jefe o compañeros, la confusión de su rol y de su responsabilidad en la organización, la inseguridad, la incertidumbre y la angustia ante las expectativas no cumplidas porque, una vez más, la consabida crisis financiera, política, social y hasta ecológica llegó y agravó los conflictos personales y familiares, y disparó los índices del desempleo, de la desesperanza y del malestar.

Bueno, pues también he visto y vivido la otra cara de la moneda. La alegría de vivir, de trabajar, de compartir; he visto y vivido la solidaridad, la entrega, la compañía de los seres queridos, de la pareja, de los hijos, de los nietos, de los amigos, de los colegas de profesión, de los compañeros de viaje por la vida. Por eso sé, estoy seguro, que al final del túnel, por más terrorífico y desesperanzador que parezca lo que estamos viviendo en este momento, hay una luz.

Estoy seguro que todos conocemos a alguien en burn out. O nosotros mismos hemos estado o estamos en burn out.

¿Cómo es alguien en burn out?
Es alguien con un gran agota- miento físico, emocional, mental y espiritual, producto de una situación que se ha vuelto inmanejable por un largo período de tiempo.

Para los que no creen en el infierno, éste es uno de tantos. ¿Otros? Las pobrezas, por ejemplo. Alguien des animado, des motivado, descuidado, desconchabado, desconcentrado, desaliñado, sin amor, sin entusiasmo, sin ganas, sin pasión. Alguien “quemado” sería la expresión correcta, con el síndrome del cansancio crónico, y la neurosis dominical a todo lo que da. Alguien que, por más que descanse, no descansa. Al contrario, durante el descanso fin semanal o vacacional se siente más ansioso, angustiado y tenso. Alguien, en fin, que ha sacrificado su vida por el trabajo o por alguna otra cháchara semejante en lo se cree, o alguien le ha hecho creer, ¡imprescindible!

Aquí se junta el burn out con el síndrome de hubris o hibris, que en griego significa literalmente lo mismo: “se le subió el humo a la cabeza”, qué desmesura, exageración y arrogancia. Es también llamado clínicamente el síndrome del más cabrón (DSM dixit), ideación megalomaniaca o desarrollo paranoide, cuyos síntomas son la infalibilidad (“porque lo digo yo”) y el creerse insustituible (“después de mí, el diluvio”).

Cualquier semejanza con algunos directivos, algunos políticos en el poder, algunos profesionales de la salud, lo mismo si son médicos, psicoanalistas, psiquiatras, psicoterapeutas, consultores, facilitadores, coaches, profesores, monjas, traba- jadores sociales, pastores, rabinos, sacerdotes, etcétera, no es coincidencia, sino una triste realidad verdaderamente preocupante.

Pero en la intimidad sienten una profunda decepción, frustración y culpa que, a la larga o a la corta, se ve reflejada en una baja en todos los ámbitos de la vida: la autoestima, la energía, la libido, el sistema inmune y hasta la cuenta bancaria.

La única manera para salir del síndrome de hubris es a través de Némesis, afirma la sabiduría antigua. Es decir, Némesis, la ira de los dioses contra la soberbia y la altivez, que a la vez nos permite el derecho de equivocarnos, de cometer errores y, por supuesto, de reconocernos falibles, necesitados, rotos. Pero si, a pesar de todos los trancazos no lo reconocemos, es que seguimos en hubris. Y, al tiempo, Némesis nos va poner parejos. Ésa es su misión: cortarle el cuello a quien lo saque demasiado.

Recuerden que Lucifer fue expulsado por soberbio, no por malo. Y ahí sigue. Lo mismo que Luzbel y Belial.

A veces somos capaces de morir con tal de no aceptar que podemos equivocarnos, que somos débiles, que necesitamos de los demás. Bien decía Herodoto: “La divinidad suele abatir todo lo que descuella en demasía”.

Imagínense a alguien que, en nombre del hacer, sacrifica su tener y su ser. Por ejemplo, por estar centrado en lo urgente descuida lo importante y olvida lo esencial; por estar haciendo más para tener más, olvida la familia y se olvida de sí mismo. Y como premio mayor, el día menos pensado, va a sentir, como asegura Christine Maslach (1981), un profundo cansancio emocional, una fría, cínica e irritable despersonalización y una profunda frustración por el bajo o nulo logro en la vida o realización personal.

El precio que debemos pagar por arrojar nuestro ser a la oscuridad es la pérdida del alma (John R. ÓNeill, 1991), la cual necesita nutrirse de amor, afecto, pertenencia, reconocimiento, amistad, humor, risa, charla, chacoteo, colores, olores, sabores, cachondeo, situaciones y lugares que nos exaltan y exultan el estar vivos y sanos y libres, como nos recuerda Thomas Moore.

Eso es lo esencial para nuestra alma. Lo demás, es intrascendente, accesorio y limosna de la vida. De nuevo lo dionisiaco sanando lo apolíneo. El querer dándole sentido al deber.

No olvidemos a la Sabiduría cuando dice: De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma. Perder el alma o ser un desalmado desanimado (valga la redundancia) es lo que se siente cuando uno cae en burnout. El infierno.

En 1983, el siglo pasado, María García, Carlos Rodríguez y yo escribimos un libro, producto de nuestras preocupaciones al ver como consultores de procesos, ya desde entonces manifiesto este problema. Persona, familia y trabajo. Crisis o Equilibrio se llama el libro.

El libro nació como respuesta al impacto que nos causó una noticia perdida en un diario de la Ciudad de México que a la letra decía: Roberto llegó a su domicilio. Conectó el tubo del escape a la aspiradora. Cuando su familia se enteró había muerto por asfixia. Dejó sobre el volante un recado: “Nunca pude aprender a vivir. Sólo quiero dejar de sufrir”.

Qué razón tiene Eurípides cuando dice: “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.

Nos dimos cuenta María, Carlos y yo, a través de las investigaciones que emprendimos para escribir el libro, por ejemplo, que la gran mayoría de las personas entrevistadas dedicaban, dedican, entre 80% y 90% de su tiempo y energía a esa realidad ineludible, que para bien o para mal, llamamos “el trabajo”, dejando sólo entre 20%, en el mejor de los casos, o 10% para la familia, ¡y para la persona! ¿A qué hora vamos a tener tiempo para nosotros mismos y para nuestros seres queridos?

Dos años antes de nuestro libro se empezó a aplicar el famoso Inventario para la Medición del Burn out de Maslach y Jackson (BMI, 1981), inspirado por los descubrimientos del psiquiatra Herbert Freudenberger (1979), creador del término burn out, quien lo definía como “una sensación de fracaso y una existencia agotada o gastada como resultado de una sobrecarga de energía, recursos personales o fuerza espiritual de la persona”.

Todos conocemos a alguien que ha sacrificado su vida por el trabajo. Sea cual sea su ocupación, pero sobre todo si se dedica a la relación de ayuda a los demás, el adicto al trabajo va dejando día a día toda su tiempo y su energía en aras de algo tan incierto como la jubilación, el retiro, una buena cuenta bancaria que asegure su futuro, la contribución al país y al mundo o, simplemente como le sucede a la mayoría, la incapacidad de vivir de otra manera, dedicarse a otra cosa, o hacer un cambio radical en su vida que lo saque del hoyo en el que se siente.

Por supuesto que para ejercer nuestro trabajo necesitamos desarrollar nuestras competencias. Y para ello acudimos puntuales a cursos, talleres, seminarios, conferencias, congresos y otras mil formas de estar al día. Sin embargo, otros conocimientos, habilidades y actitudes necesarios para el día a día las mandamos a la Sombra, a nuestra Sombra.

Me explico. En nombre del eficientismo a ultranza, de ser los mejores, de ser reconocidos y admirados, y hasta de ser “referentes” en la relación de ayuda a los demás, dejamos de lado nuestras necesidades de tiempo libre, descanso, diversión, amistad, intimidad, familia.

Así es como quedamos expuestos a la posibilidad de que esos rasgos puedan emerger de la Sombra, de nuestra Sombra, a la luz del día como si se trataran de fantasmas que salen del desván de los trebejos. Todos sabemos de excelsos maestros, terapeutas insuperables, ínclitos facilitadores, sacrificados médicos, competentes consultores, sacerdotes en olor de santidad, rabinos y pastores ejemplares, y un larguísimo etcétera, cogidos con las manos en la masa (lo que sea que eso signifique)de su propia Sombra.

Ah, pero qué esperanzas que alguien que se dedica a ayudar a los demás pida ayuda; que alguien que se dedica a cuidar a los demás pida que alguien lo cuide; que alguien que se dedica a sanar a los demás, pida que alguien lo sane. Ni siquiera a las escondidillas o camuflados en un café, antro o cantina disfrazados de consultorio.

Se imaginan a Lucifer, a Luzbel y a Belial, los demonios expulsados por soberbios, pidiendo ayuda a Miguel, a Gabriel o a Rafael los arcángeles.

Una resistencia semejante puede deberse, paradójicamente, a la incapacidad que tenemos los que nos dedicamos a la relación de ayuda de mirar a la Sombra, nuestra Sombra, cara a cara.

Esto es el burn out como expresión de la Sombra.

Por esto y por muchas otras cosas más hay que preguntarnos parafraseando a Plinio: ¿Quién ayuda a los que ayudan? Quis custodet ipsos custodes, preguntaba él. ¿Quién cuida a los que cuidan? Claro, él se refería a los políticos de su tiempo.Pero ésa es otra historia que ojalá algún día nos contemos aquí por ser precisamente el origen de muchas de nuestras desgracias personales, familiares y sociales en este país.

¿Qué es, pues, la Sombra?
Un día, no hace mucho, fuimos sabios, santos, genios, revolucionarios y visionarios hasta que llegamos a la escuela (Laing, 1995). Claro, a muchos de nosotros en casa nos dieron nuestra “repasadita”:

“Niño, deja ya de joder con la pelota, —con tu hermanita, con el juguete, con esa cosa,— que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca” (J. M. Serrat, 1996). Calladito te ves más bonito. ¡Déjate tus partes! Y además la amenaza: si haces eso, si lloras, si no comes, si te subes, si te bajas, si dices, si no dices, si, si, si (siempre el condicional), ¡¡¡no te voy a querer!!! Y para rematar la infaltable “frase asesina”: ¿Tú? cuando nos atrevíamos a hablar en primera persona de singular. Ah, sí, el burro por delante, ¿verdad? Qué ganas tenía yo entonces de aprender a rebuznar...para que me tomaran en cuenta. “Cuando moco, moco. Cuando cana, cana” y el humillante: “Cuando alguien diga ¡bacín!, sal de la cama”.

Ahora entiendo el relato de Eduardo Galeano cuando aquel niño preguntó a su madre al darse cuenta del entorno que le tocó vivir: “Mamá, ¿puedo regresar al sanatorio para des nacer?” (E. Galeano, 1975).

Todo eso, y mucho más, es lo que hemos arrojado al inconsciente por temor a ser rechazados por las personas que desempeñaron un papel importante en nuestros primeros años: papá, mamá, tía Cuca (quien no haya tenido una tía Cuca no sabrá lo que es el super yo), hermanos mayores con su Edipo no resuelto, maestros perfeccionistas y engreídos, capellanes celosos guardianes de la moral y las buenas costumbres, y otros adultos acomedidos y hasta peligrosos cercanos a nuestra infancia.

Temimos perder su afecto decepcionándolos o creándoles un malestar a causa de nuestros comportamientos o de algunos aspectos de nuestra personalidad (Jean Monbourquette, 1999).

Pronto discernimos lo que era aceptable a sus ojos y lo que no lo era. Entonces, para agradarles, nos apresuramos a relegar grandes porciones de nosotros mismos a las mazmorras del inconsciente.

Empleamos todos los medios a nuestro alcance para eludir hasta la más mínima desaprobación verbal o tácita por parte de las personas a las que amábamos o de las que dependíamos. Hasta escuchar el más detestable y peligroso de los juicios: “¡Qué bueno es este niño! Tan propio, tan dulce, tan obediente, tan correcto” (Laing, 1985). Tan bueno que hay que consagrarlo al Señor. Y fue así como a mí y a muchos más de los que ustedes se imaginan, nos jodieron la vida. Pero no toda y no para siempre.

Sensibles desde temprana edad a la apreciación de los otros, nos mostramos amables, educados, correctos, pacientes, tolerantes, empáticos (Ibid). Y para hacerlo tuvimos que rechazar todo aquello que pareciera o pudiera parecer débil, desviado, vergonzoso o reprensible. Por necesidad de aprecio nos adaptamos a las reglas y a las leyes de nuestro medio familiar, escolar, laboral o social. Y nos afanamos en esconder o camuflar todo aquello que pudiera parecer desagradable o chocante a nuestros padres, maestros, jefes, clientes, gobernantes. Y hasta la fecha.

El burnout como una manifestación compulsiva de una fingida perfección, de una poco creíble fortaleza, de una sabiduría libresca y convencional repleta de lugares comunes, de una vida espiritual hueca y convencional, de una falsa entrega a las causas sociales, donde los “otros” son sólo peligro y amenaza, sobre todo si son diferentes a mí en raza, creencia, color, clase, y un larguísimo etcétera.

Por ello, ¿cómo mostrarte débil y necesitado, frustrado, desencantado, desanimado, cansado, angustiado, al borde del abismo y sin sentido ante los demás? ¿Qué van a pensar tus maestros, colegas y clientes cuando te atreves a abrir tu alma y a compartir que ya no puedes más, que quieres salir huyendo, que ya no soportas más la situación, que estás harto, que te vale madre el dolor de los demás, que lo único que quieres es salvar tu pellejo y largarte de este país fallido, en donde por más que trabajas y trabajas y trabajas y trabajas no terminas nunca de pagar tus deudas, al contrario, vives en el terror, cuidándote y desconfiando hasta de tu propia sombra?

Y, sobre todo, ¿a quién abrirle que has dejado de creer que todo el esfuerzo que hacemos los que nos dedicamos a “esto” sirva para algo frente al gran poder de los medios que, con una imagen, con un comentario, con un guiño, con un ejemplo, echan por tierra todo tu esfuerzo de años de esmerado, serio y profesional trabajo con las personas?

¿Quién cree en este momento de crisis financiera, de incertidumbre, de desempleo, de inseguridad, de desesperanza y de enojo en el desarrollo humano?

¿Cuántas veces mientras la persona te abre todo el dolor y el desencanto del vivir, la desconfianza aún de sus mal llamados seres queridos –como aquella chica que fue violada y abusada sexualmente desde los tres años hasta los diez y siete por su propio padre–, los abandonos, las traiciones, los abusos de todo tipo, del sin sentido de su trabajo y hasta de sus tendencias suicidas o salidas laterales como el alcohol y las drogas, también revisas tu vida y confrontas en tu interior tu propia situación?

¿Por qué andamos en esto los que nos dedicamos a esto?, nos preguntamos en el Centro de Intervención en Crisis. Y la repuesta es unánime: procesando también nuestras propias pérdidas y el dolor, la angustia, la incertidumbre que acompañan siempre a nuestras vidas.

A mí me enseñaron, por ejemplo, que uno vino a servir, no a ser servido, ya que pensar en uno mismo era considerado egoísta. Que la obediencia era ciega y que, en el orden de los pronombres personales primero ibas tú y él, y que el yo siempre iba al último. Que ser amable, dulce, paciente y tolerante siempre iba a ser bien visto y que no se vale enojarse porque el que se enoja pierde. Que manifestar alguna inclinación sexual, ya no digamos hablar de “eso”, era inapropiado, sucio, feo y malo.

Poco a poco, y sin darnos cuenta, se fue formando un vasto mundo subterráneo hecho de represiones, abstenciones y rechazos acumulados durante años. Y a la mitad de la vida, como Dante Alighieri, sentir que habíamos errado el camino. Y nos encontramos sentados sobre un volcán psíquico que amenaza con entrar en erupción a cada momento (J. Monbourquette, 1999). A esta energía psíquica comprimida, pero siempre viva y activa, le llamamos la Sombra.

Por supuesto que yo no estoy culpando a nadie. Siento que ellos hicieron lo mejor que pudieron al darme la vida, cuidarme y educarme. Y eso lo agradezco y lo honro. Lo que descubrí, ya entrado en años y con toda la responsabilidad encima, es que me podía dar permisos, que podía decir no, que podía disentir y hasta revelarme con la autoridad, que podía asumir consciente, libre y responsable mi propia vida y, sobre todo, que podía explorar con temor y temblor el campo prohibido de mi propia sombra.

En el lado sombrío de mí mismo he venido a encontrar todos los recursos y hasta el potencial de mi propio desarrollo. Algunos por contradicción. Como, por ejemplo, a mí me enseñaron y me lo tomé muy en serio en mi parte luminosa, que “la pereza es la madre de todos los vicios”, “que los hombres no lloran”, “que el que se enoja pierde”, que nunca hay que mostrase débil y que el hombre debe ser “feo, fuerte y formal”. Entre otras miles de linduras.

Y en el mí mismo reprimido, mi sombra, encuentro, y ahora lo comparto con ustedes por si se animan, que “la pereza es la madre de una vida padre”; que al llorar estoy mostrando mi propia dignidad y alivio; que cuando te gana la gana que te gana, como dice el Maestro Javier Romero, pues simplemente hay que aprender a fluir flojito y cooperando; que enojarse es la justa respuesta ante tanto desvarío, abuso, impunidad y corrupción que nos rodea, y que mostrándome débil y necesitado de la ayuda de mi pareja, de mis hijos y nietos, de mis amigos, colegas y solidarios laterales a mi derecha e izquierda escolar, como escribió el querido Benedetti, voy a ser más querido y apapachado y abrazado y hasta cachondeado. Venga a nos tu reino.

¿Alguien siente en este momento ganas de ser abrazado y besado y cachondeado? Pues, ¡pídanlo! y ¡denlo! a diestra y siniestra. ¡Vamos!

Desde mi alter ego, mi sombra y, para terminar, me declaro hoy aquí frente a ustedes, mis queridos amigos y colegas, totalmente incompetente para darme a mí mismo el apoyo, la ayuda, la orientación, la confrontación y la claridad que necesito para seguir viviendo y haciendo lo que hago en ésta la que considero, por obvias razones, la última etapa de mi vida. Por ello, les pido con humildad y urgencia que actúen como la diosa Némesis y me pongan parejo si aún queda algo de hubris en mí. No permitan que me queme, burnout, en el infierno del desgaste emocional, en la despersonalización cínica frente al dolor del otro, y en la conformidad y mediocridad de una vida sin sentido.

Reunámosnos, integremos grupos de autoayuda, hagamosnos, como dice Nikos Kazantzakis, una señal, un guiño solidario de presencia amorosa para ayudarnos a salir del infierno, burnout, en el que a veces nos metemos dominados por la hubris